Ayer, en una sesión, alguien me dijo algo muy interesante.
Tiene un dolor fuerte en el cuello y los hombros.
Lleva tiempo con él.
Pero se ha dado cuenta de algo curioso:
no siempre está.
Solo aparece cuando su mente se va al pasado o al futuro.
En cuanto se trae al presente, el dolor desaparece.
De inmediato.
Hoy, otra mujer.
Mismo dolor.
Mismo lugar: cuello y hombros.
Me cuenta que se fue unos días a otra ciudad.
Y allí, nada.
Ni rastro del dolor.
Pero en cuanto se despidió, tomó el avión y volvió a su ciudad…
el dolor regresó.
Exactamente igual.
No hablo de ideas abstractas.
Hablo de cuerpos.
El cuerpo no vive en el pasado.
Ni en el futuro.
El cuerpo solo existe aquí.
Cuando la mente se va:
– a lo que fue
– a lo que podría pasar
– a lo que “tengo que”
– a lo que “debo sostener”
el cuerpo carga.
Y no se queja con palabras.
Se queja con tensión.
Con peso.
Con dolor.
No porque esté roto.
Sino porque está hablando.
El cuello y los hombros no duelen por casualidad.
Son lugares donde se deposita lo que no se suelta.
Cuando la presencia vuelve, el cuerpo descansa.
No porque “se cure”.
Sino porque ya no necesita avisar.
El cuerpo siempre dice la verdad.
La pregunta es si estamos dispuestos a escucharla
o preferimos seguir viviendo en otro lugar.
Hoy, simplemente, deja que el cuerpo esté aquí.
Solo eso.
